西语助手
2020-03-17
Mi nombre es Cristina, tengo 16 años y estoy completamente obsesionada con el k-pop, sobre todo con BTS.
Los descubrí hace un par de años y desde entonces no puedo dejar de escucharlos y hablar de ellos con mi amiga Daniela.
Especialmente de V, mi bias, ¡creo que es el hombre perfecto!
A mis padres no les hace mucha gracia, pero como mis notas siguen siendo buenas no se meten mucho.
Cuando BTS sacó su nuevo disco, se lo pedí por mi cumpleaños.
¡Me hacía mucha ilusión!
Y sin duda valió la pena: la edición era preciosa y cuidada hasta el último detalle.
¡Fue el mejor regalo de mi vida!
Lo escuchaba todas las noches antes de acostarme.
Se había convertido en una especie de ritual.
Muchas veces me quedaba dormida con alguna de sus canciones de fondo, y me despertaba en medio de la noche con los cascos puestos… como aquella noche.
Me levanté y guardé las cosas en la mesita.
Me metí en cama y apagué la luz, ya era tarde y al día siguiente tenía que madrugar para ir al colegio.
Por la mañana me despertó mi amiga Daniela.
¿Qué hacía en mi casa?
Sus gritos me espabilaron.
"¡Cris, rápido, tenemos que irnos! ", me urgía.
"BTS va a dar un concierto sorpresa en la ciudad y he conseguido entradas! ".
No podía creérmelo.
¿Qué clase de broma era aquella?
Puse cara de pocos amigos, porque para mí no tenía gracia jugar así con mis sentimientos.
Hasta que Daniela me mostró los tickets: efectivamente, ¡eran dos entradas!
Las miré alucinada sin poder hablar, pero mi cara lo dijo todo.
Empecé a saltar de la emoción, mientras mi amiga me apremiaba a que me preparase para el evento.
Salimos de casa y ya estaba oscureciendo.
¿Cuánto tiempo había dormido?
Bueno, eso daba igual; lo importante era llegar pronto y conseguir buenos sitios desde donde ver a nuestros idols.
Nos topamos con una fila que parecía infinita, ¡iba a ser súper complicado verlos de cerca!
Pero tampoco podíamos hacer nada más, así que nos pusimos al final de la cola.
Estábamos hablando tan tranquilamente cuando de repente un joven con gorra se chocó conmigo.
Me pidió disculpas y se marchó rápido.
Yo me puse a parlotear otra vez con Daniela, cuando de pronto vi una cartera en el suelo.
La recogí y la abrí por pura curiosidad: casi me muero de la impresión.
Aquella cartera pertenecía a V!
Allí estaba todo, documentos de identidad, acreditaciones… ¡no podía creérmelo!
¡El joven que había chocado conmigo era el mismísimo V!
Agarré a mi amiga de la mano y eché a correr detrás de él para devolvérsela.
Lo alcancé al poco rato.
No podía ni hablar, así que se la enseñé mientras le hacía gestos de lo más dramáticos.
Levantó la vista y ahí comprobé que efectivamente se trataba de V, en carne y hueso.
Casi se me sale el corazón cuando me sonrió y tomó la cartera.
Nos dijo en inglés que lo acompañásemos, que quería agradecernos el gesto ofreciéndonos un asiento en la zona VIP.
Estaba A-LU-CI-NAN-DO. ¡Era el mejor día de mi vida!
Nunca estuve tan emocionada como en aquel concierto, que sobra decirlo, fue un auténtico espectáculo.
Pero las sorpresas no acabaron ahí.
Al acabar un hombre trajeado vino hacia nosotras, y aunque sólo hablaba coreano, nos hizo un gesto para que lo siguiésemos.
Nos llevó al backstage, donde estaban algunos de los miembros.
Daniela se echó a llorar de la emoción, y tuvo que sentarse en uno de los sillones para recuperar la compostura.
De pronto entró V, que pareció reconocerme, y mostró una sonrisa que casi logra infartarme.
Se acercó caminando como un dios griego, su belleza me dejó hipnotizada.
Cuando por fin llegó hasta mí, pasó algo aún más increíble: agarró mi mano entre las suyas, y con una sonrisa pícara me dio las gracias por lo de la cartera.
Vi cómo acercaba lentamente su perfecto rostro al mío, mientras yo comenzaba a hiperventilar.
Nuestros labios se quedaron a escasos centímetros, ¡era demasiado para mi corazón!
Cerré los ojos para disfrutar del beso, cuando de repente todo se puso blanco y sentí que me desvanecía. . .
Abrí los ojos de par en par y por un momento me sentí desorientada.
Estaba en mi cama, y me di cuenta de que tenía los auriculares puestos.
Miré el reloj de la mesita, que marcaba las nueve de la mañana.
Sí, exacto: no solo descubrí que la mejor experiencia de mi vida había sido un sueño, sino que ni siquiera había podido besar a mi amor platónico!
¡Ay, nooooo!
Qué asco mi vida.
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