西语助手
2017-09-26
Entonces me miró.
Yo creía que me miraba por primera vez.
Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez.
Encendí un cigarrillo.
Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores.
Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome.
Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos.
Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores.
Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome.
Le veía los párpados iluminados como todas las noches.
Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul».
Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca».
Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».
La vi caminar hacia el tocador.
La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática.
La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado.
La vi empolvarse la nariz.
Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo.
Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora».
Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento.
Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana».
Ella no respondió.
Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella.
Sin verla sabía lo que estaba haciendo.
Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo.
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