2015-09-24
cirujano. veterinario. afecto. mentalidad. POR UN PERRO.
Jaime tenía 43 años y trabajaba como cirujano en un hospital por las mañanas. Por las tardes se dedicaba a su consulta privada y no le importaba a qué hora terminara. Nadie lo esperaba en casa porque era soltero y siempre había vivido solo. Una tarde cuando se dirigía al supermercado, vio un grupo de personas que miraban hacia el suelo. Se acercó para saber qué ocurría, pensando en algún herido. No logró ver nada, pero de las conversaciones que oyó supo que no se trataba de una persona que pudiera necesitar sus servicios. sino de un perro atropellado por un coche. Entonces siguió su camino hacia el supermercado. Una vez terminadas las compras, en el camino de regreso, llegó al sitio donde anteriormente se habían encontrado los curiosos mirando al animal herido. Las personas habían desaparecido y Jaime pudo ver al perro. Vaciló un poco, pues aunque él era médico no era veterinario y no podía encargarse de este problema. Pero viendo los ojos que le pedían ayuda, decidió llevarlo a una clínica veterinaria. Días después, cuando el perro se mejoró, sin haber podido encontrar a su dueño a pesar de muchos esfuerzos, Jaime lo llevó a su departamento. Empezó a llamarlo Bobby. Era un perro inteligente y no provocaba problemas. Poco a poco, le cogió cariño, considerándolo un buen compañero y se alegraba de tenerlo siempre cerca. Junto con el afecto y cariño que le trajo el animal, Jaime cambió su mentalidad sobre la gente. Ahora era más abierto con los compañeros del hospital y con sus pacientes. Les contaba las historias de Bobby e incluso su propia vida. Se volvió mucho más amable y cariñoso. Casi un año después, un día Jaime llevó a Bobby a pasear por un parque. De repente, el animal corrió hacia un banco y se detuvo frente a la mujer sentada en él. Le ladró y movió la cola alegremente y la mujer, al ver al perro, se lanzó sobre él acariciándolo y llamándole " Brutus" muchas veces. Resultó ser la antigua dueña del perro y los dos tuvieron una larga y desagradable discusión sobre a quién pertenecía el perro. Finalmente Jaime tuvo que ceder y acompañó a la mujer y al perro a su casa. Al dejar a Bobby en manos de su antigua dueña, le quedó un vacío muy grande. Lo extrañaba tanto que empezó a buscarlo en la casa de la mujer para que lo acompañara en sus paseos. Jaime y la antigua dueña empezaron a compartir el perro y a veces Jaime lo llevaba a su propia casa donde pasaba algunos días.
Con el tiempo la mujer y Jaime se hicieron amigos. Ella tenía 35 años y era abogado. Para sorpresa de Jaime, era soltera también. Los fines de semana se juntaban para charlar y tomar una copa de vino compartiendo sus soledades. Muchas veces se reían, mirando al perro, y no sabían cómo llamarlo: Bobby o Brutus. Ellos no se esperaban que, gracias a él, les hubiera llegado el afecto amoroso que nunca imaginaron poder encontrar y sus vidas cambiaron positivamente.
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2015/12/2 17:38:23
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