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2020-03-04
La epidemia de gripe de 1918, también conocida como la gran epidemia de gripe o la gripe española, se la considera como la peor pandemia global de la historia, ya que concentró una elevada mortalidad en un periodo corto de tiempo.
Se estima que la tasa de mortalidad de la pandemia fue de entre el 10% y el 20%, y que mató entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo.
En España el número de fallecidos se estima alrededor de los 300.000.
A diferencia de otras epidemias de gripe que afectaban básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables de entre 20 y 40 años, y también animales como perros y gatos.
La gripe se comenzó a propagar a finales de la Primera Guerra Mundial.
Los medios de comunicación de los países que participaron en la guerra estaban bajo censura militar, por lo que ocultaron la pandemia.
Sin embargo, España informaba en la prensa de los nuevos casos, utilizando nombres como "la fiebre de tres días","el soldado de Nápoles" o "la enfermedad de moda".
Daba la sensación de que España era el único país afectado.
Es por esto que la enfermedad se conoció en todo el mundo como la gripe española.
Aunque en el otoño de 1917 la enfermedad ya se había presentado en catorce campamentos militares, algunos consideran como paciente cero al cocinero Gilbert Mitchell, del campamento de Fort Riley, en Kansas.
Mitchell ingresó la mañana del 4 de marzo de 1918 con fiebre y dolor de cabeza a la enfermería y unas horas más tarde ya había más de cien casos en tratamiento, por lo que tuvieron que habilitar un hangar para atender a los pacientes.
Los síntomas propios de esta enfermedad eran fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales;y en ocasiones, dificultades para respirar y hemorragias nasales.
La mayoría de las personas que fallecieron fue a consecuencia de una neumonía bacteriana secundaria, ya que no había antibióticos disponibles.
Sin embargo, un grupo murió rápidamente después de la aparición de los primeros síntomas en tan solo dos o tres días.
A mediados de abril de 1918, la gripe ya hacía estragos en las trincheras de Europa Occidental.
Pasó de Francia a Gran Bretaña, Italia, y llegó a España.
Enfermó incluso el rey Alfonso XIII, y los periódicos españoles se hicieron eco de esa enfermedad que se propagaba de manera tan alarmante.
Como se puede apreciar en este gráfico, la mayor parte de las víctimas mortales cayó en solo 13 semanas, de septiembre a mediados de diciembre de 1918, en lo que se conoce como la segunda oleada.
Las personas y poblaciones más pobres sufrieron de forma especial las consecuencias de esta gripe, pero también afectó a gobernantes como al presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson, el primer ministro británico Lloyd George, o al Kaiser Guillermo.
El pintor Edvard Munch incluso lo plasmó en un autoretrato y otros como Gustav Klimt no sobrevivieron a la enfermedad.
Todos los periódicos del momento recogían anuncios con remedios milagrosos.
Destacan los elixires, aguas medicinales, tónicos y otros remedios.
Los médicos de la época recomendaban aspirina (en dosis que ahora se considerían contraproducentes), quinina, preparados con arsénico, con aceite de alcanfor o aceite de ricino.
Incluso algunos animaban a que la gente fumara pensando que la inhalación de humo mataba los gérmenes.
Diferentes publicaciones médicas de la época, disponibles en la biblioteca digital hispánica, intentaban dar respuesta a las causas de la epidemia e informaban de su avance y consecuencias.
Un científico italiano, el profesor Sacone declaraba haber aislado el germen causante de la enfermedad, pero el tiempo demostró que no era cierto.
La cepa del virus causante de la gripe española (AH1N1) no se descubrió hasta el año 1943, y su secuencia genética no se determinó hasta 2005.
Diariamente, los periódicos españoles recogían la importancia de la educación en higiene y cómo en Alemania se llevaba a cabo esta tarea desde escuelas y púlpitos, consiguiendo que el número de muertos por gripe antes de la guerra fuese el menor de toda Europa.
Advierten además que los enfermos que no experimenten ningún síntoma, los llamados convalecientes, pueden ser un foco de propagación de la epidemia, por lo que recomiendan mantenerlos una o dos semanas más en aislamiento.
El uso de máscaras de tela se convirtió en obligatorio para todas aquellas personas que desempeñasen trabajos de atención pública.
Esta medida fue una recomendación sanitaria que se hizo al resto de la población para evitar que la enfermedad se propagase con tanta facilidad.
Cuanto mayor contacto hubiese entre la gente, más posibilidades existían de reproducir el virus.
Se empiezan a tomar medidas preventivas desde el gobierno para intentar parar esta crisis.
Los teatros, circos, talleres, fábricas y locales públicos son desinfectados y se suspenden algunos eventos.
Se prohíben importar mercancías desde Marruecos.
Se identifican a los forasteros que entran en las poblaciones.
Se prorrogan indefinidamente matrículas y exámenes e incluso se da libertad a los rectores para que suspendan las clases si lo ven necesario.
La tercera y última oleada, fue más benigna, ya que mucha población estaba ya inmunizada, dando por controlada la pandemia en la primavera de 1919.
Y es que la enfermedad terminó por sí sola.
En verano de 1920 el virus había desparecido.
Mientras que le ganó la batalla a lo más débiles, el resto quedó inmunizado.
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