西语助手
2022-05-06
Cuentan los que lo vieron, yo no estaba, pero me lo dijeron.
Que la hija de un rey,
jugaba botando una pelota de oro por los jardines de palacio.
Correteaba de aquí para allá, tarareando un romance de ciego,
que le enseñó un juglar y botando la dichosa pelotita de oro,
lanzándola contra las paredes.
En una de éstas,
la niña estornudó y la pelota se le escapó en una dirección distinta de la deseada,
con tan mala suerte que fue a caer dentro de un pozo.
-¡Oh! -se lamentó la niña-.
¡Mi pelota favorita!
¿Y cómo voy a recuperarla yo ahora?
Se asomó al brocal del pozo, pero lo único que pudo ver fue un agujero negro y tan profundo que ni se sabía dónde estaba el fondo.
-¡Oh!- volvió a suspirar la pequeña.
-Si alguien me pudiera ayudar…
¡Ejem, ejem!
- carraspeó entonces un sapo que pasaba por allí-.
Tal vez yo…
-¡Anda, un sapo que habla!
- se sorprendió la princesita-.
¿Tú podrías ayudarme?
-Es posible.
-¿Cómo que es posible?
-Que podríamos hacer un trato.
-¿Un trato?
¿Qué trato?
-¡Ejem! Pues verás - volvió a carraspear el sapo-.
Si yo recupero del fondo del pozo la pelotita de oro que tanto te gusta,
a cambio, tendrías que dejarme comer a tu lado durante, pongamos, un mes.
-Vale, vale, lo que tu digas- concedió la princesa,
que sólo pensaba en la pelota de oro.
-Entonces, ¿trato hecho?
-Que sí, so pelma, que sí.
Venga, tírate al pozo, sapo charlatán.
Y el sapo se tiró al pozo.
Al cabo de unos segundos se oyó: iplas!
Y no mucho tiempo después apareció el sapo,
sudando, en el umbral del pozo con cara de cansado y la pelota de oro en la boca.
La princesa le quitó de la boca la pelota y salió corriendo botándola mientras gritaba:
-¡Gracias, sapito!
En cuanto se recuperó un poco del esfuerzo realizado,
el sapo se dirigió a la puerta del palacio,
pues ya era casi la hora de comer.
Ya estaban sentados en la mesa del comedor principal el rey, la reina y su hija la princesa.
Cuando de pronto la camarera de palacio se acercó a la mesa y dijo:
Majestades, hay en la puerta un sapo que dice estar invitado a comer a la mesa de la princesa durante este mes.
-¿Es eso cierto?-
preguntó el rey a su hija.
-Ah, sí, es que me hizo un favor y a cambio quedamos en que comería a mi lado un mes.
Pero la verdad es que me da mucho asco comer con un asqueroso sapo al lado. Puedo vomitar.
- Lo siento, hija, pero si has dado tu palabra,
debes cumplirla.
-¡Puaj!-
respondió ella.
-Que pase el invitado. -ordenó el rey.
Y el sapo entró y, de un salto,
se puso justo al lado del plato de berenjenas de la princesa.
-¡Puaj, puaj!
-repitió la niña-,
El sapo babeaba porque se le hacía la boca agua.
Había un montón de platos exquisitos sobre la mesa y no sabía por cuál empezar.
Además, había cogido confianza con la princesa.
Así que se limpió las babas en su brazo, que es lo que tenía más cerca.
Aquello fue demasiado para la muchacha.
Que no se pudo aguantar.
-¡Cochino sapo! -gritó, mientras lo agarraba con fuerza.
Y antes de que nadie pudiera evitarlo, la princesa exclamó:
-¡Te vas a enterar, bicho baboso!
Y, mientras esto decía,
lo lanzó contra la pared como si fuera su pelota de oro y lo estampó contra un tapiz.
El rey iba a reñir a su hija por malhablada, impulsiva y agresiva con los animales,
pero no le dio tiempo, porque,
cuando quiso hablar, no pudo.
Ni él ni nadie de los allí presentes.
Se habían quedado todos mudos,
porque había sucedido algo asombroso.
Al chocar el sapo contra el tapiz de la pared,
se había convertido en un apuesto joven,
que gateaba por el suelo, intentando levantarse.
Cuando por fin lo consiguió,
dijo: -Disculpen por el susto.
No pasa nada.
Vamos, sí, eh .. quiero decir que soy un príncipe que estaba encantado por una bruja.
Mi única posibilidad de ser desencantado era que una princesa me diera un beso de amor o un golpazo.
Hubiera sido más romántica la primera opción, la verdad.
pero también me conformo con la segunda.
Lo importante es que, gracias a la princesa, ya no soy un sapo baboso,
sino un príncipe desencantado...
Creo que debo marcharme,
ya no les molestaré más, de verdad.
-Ni hablar.- dijo el rey-.
Esto es una señal; las casualidades no existen.
Quédate a comer con nosotros.
Seguro que ya no le molesta a la joven princesa,
¿verdad, hija?
La chica se había quedado atontada,
primero por la sorpresa y después por la belleza y modales del príncipe desencantado.
-Eso, que se quede, que se quede. -acertó a decir.
Y, claro, se quedó a comer durante todo el mes, sin hacer ascos.
Tiempo suficiente para que ambos se enamoraran perdidamente.
Así que se casaron enseguida,
y fueron felices y comieron perdices y a mí no me dieron nada, porque no les dio la gana.
Espero que te haya gustado el video.
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